Las dos formas de enfrentar la vida .
Por: Marisela Gutiérrez No escribo para agradar, escribo para que despierten El ser humano aún no le interesa admitir que la vida posee dos formas de ser enfrentada: una con el orgullo, creyendo saberlo todo; y otra con la humildad, reconociendo que siempre hay algo nuevo que aprender. El orgullo crea una venda invisible que no permite ver los errores propios, alimenta el ego y empuja a caminar con una falsa seguridad que tarde o temprano termina derrumbándose. Quien vive desde el orgullo escucha para responder, no para comprender; mira para señalar, no para corregirse; y vive compitiendo, incluso cuando la vida le está pidiendo reflexionar. La humildad, en cambio, abre los ojos del alma. Permite entender que nadie lo sabe todo, que cada experiencia es una lección y que cada persona, sin importar su posición, puede enseñar algo. El humilde no se siente menos, se siente en construcción; no se detiene en aparentar, se enfoca en crecer. El orgulloso se estanca porque cree haber llegado. El humilde avanza porque reconoce que aún está en camino. La vida se encarga de poner pruebas a ambos: al orgulloso para quebrarlo y enseñarle, y al humilde para fortalecerlo y elevarlo. Al final, no es el que más sabe el que llega más lejos, sino el que nunca deja de aprender. Porque mientras el orgullo te limita, la humildad te transforma.


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