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NUESTRO EDITORIAL /// LOMA MIRANDA

A reserva de profundizar más adelante en el tema cuando dispongamos de una información más amplia y acabada, la devolución al Senado por el Poder Ejecutivo de la observada ley declarando Loma Miranda Parque Nacional, nos sugiere algunas lecturas inmediatas.

La primera. Danilo Medina decidió a última hora actuar con la prudencia del estadista y asumir el costo político que implica haber actuado como tal.  Su decisión tan solo objeta la declaración de Parque Nacional, al tiempo que se compromete a no autorizar la explotación de Loma Miranda ni de ninguna otra de yacimientos mineros que no cumpla con todos los requisitos, principalmente la armonía con el medio ambiente mediante el empleo de la tecnología adecuada.

Segundo. Si desde sus mismos inicios el Gobierno Central hubiese asumido la responsabilidad de tomar en sus manos de manera exclusiva y excluyente el manejo del presente caso, que es solo de naturaleza técnica y económica, como una “decisión de Estado”, no se habría salido de cauce y derivado hacia un movimiento político-populista. Palacio incurrió en falta de visión y dejó que la clásica bola de nieve se convirtiera en una montaña más elevada que la propia Loma Miranda.

Tercero. A mitad de camino, cuando ya el movimiento de Loma Miranda Parque Nacional cobraba fuerza y amenazaba llegar adonde ha llegado, todavía tuvo la oportunidad, también perdida, de reunir a los legisladores de su partido y transmitirle las objeciones que acaba externar ahora. Esto hubiese evitado que la bancada peledeísta, tanto en la Cámara como en el Senado, votasen en la forma casi unánime en la forma que lo hicieron, contribuyendo a acorralar al Presidente y colocándolo entre la espada y la pared.   Ahora esos legisladores se encuentran en la difícil y delicada disyuntiva de desairar al Ejecutivo o desairarse a si mismos volviendo sobre sus pasos. Cual sea la decisión que tomen, les lloverán críticas que pudieron evitarse.

Cuarto. Injusta aunque esperada de ciertos sectores “radicales” la acusación de que el Presidente Medina se dejó torcer el brazo y se plegó a los intereses de la Falcondo, queriendo obviar el hecho de que es el mismo Presidente que por el contrario, sentó en la mesa de negociaciones a la poderosa minera Barrick y la obligó a modificar sustancialmente el contrato original firmado con el Estado Dominicano.   

Quinto.  Mezquina la campaña de insultos que algunos han puesto a rodar a través de las redes sociales.  Más todavía, la de los famosos “interactivos” que llaman a los programas radiales y televisivos, muchos de los cuales estamos seguros ni saben donde está Loma Miranda ni lo que contiene y significa, para proferir  calificativos indecentes contra el mandatario, los cuales dicho sea de paso están estrictamente prohibidos por la Carta Magna y sancionados por la ley.  Una cosa es censurar al Presidente de la República y criticar sus decisiones, lo cual es un legítimo ejercicio de libre expresión garantizado por la Constitución y otra bien distinta,  faltarle al respeto con las más soeces expresiones.

Sexto. Muchos de los que hoy crucifican a Danilo Medina, son los mismos que lo aplaudieron cuando puso en vigencia el 4 por ciento del PIB para la Educación; cuando dispuso la construcción masiva de escuelas y estancias infantiles, cuando impulsó la tanda extendida; cuando inició la campaña de alfabetización; cuando promovió el respaldo a las pequeñas y medianas empresas, visita y promete ayuda a los productores agrícolas en todo el país o cuando renegoció el contrato de la Barrick Gold.  

De seguro que su nivel de aceptación ahora sufrirá una baja.  Es otra importante lección: la popularidad es como una pompa de jabón.  Se infla, decrece y hasta se deshace conforme a determinadas posturas. Ella mantiene atado al político que solo mira el presente y trata de acomodar su acciones a su interés inmediato; no lo es, en cambio,  para el estadista, impuesto a mirar mucho más allá y cuyas decisiones, a veces dolorosas, a menudo incomprendidas,  deben corresponder con visión de futuro al interés de la nación, conscientes de que el tiempo les dará razón y justificación de causa.MR

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