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NUESTRO EDITORIAL /// LA INSEGURIDAD CIUDADANA

Por encima del costo de la vida, de la falta de empleo, de los apagones y de cualquier otro motivo de inconformidad y preocupación de la gente,  la encuesta Gallup coloca en sitial de cabecera como mayor causa de intranquilidad ciudadana el temor generado por el auge de la delincuencia. 

No es la primera vez que esa, en anteriores entregas y los sondeos llevados a cabo por otras firmas encuestadoras, ofrecen el mismo resultado de lo que parece ser una constante en el ánimo público. 

De nada vale airear estadísticas comparativas con otros países de la región. Afirmar, lo que es cierto, que los índices de criminalidad en Venezuela, en Honduras, en El Salvador y otros países del área y el Continente resultan muy superiores a los que se registran en República Dominicana.  De escaso o ningún consuelo, tomar de contraste las decenas de miles de muertos que en los últimos cinco o seis años ha costado la persistente y cruenta guerra entablada por las autoridades mexicanas contra los carteles de droga y las sangrientas disputas entre estos por el control del productivo tráfico que abastece el pródigo mercado norteamericano.   Y es que no son esos nuestros puntos de comparación.

Lo son el hecho de que unos años atrás ni el delito había alcanzado en nuestro país las alturas a que ha llegado, ni los delincuentes mostraban el nivel de agresividad e irrespeto por la vida de que hoy hacen gala;  ni los secuestros y los asesinatos por encargo formaban parte de nuestra realidad cotidiana; ni el intento de robo y atraco iban acompañados como al presente del disparo o la cuchillada mortal; ni las pandillas juveniles habían pasado a imponer su ley en los barrios; ni los carteles internacionales del narcotráfico se habían aposentado en el territorio nacional y establecido aquí sus poderosos tentáculos; ni nos habíamos convertido en paraíso y refugio de peligrosos criminales fugitivos de la justicia de sus países ni en lavadero de recursos provenientes de la droga y el crimen organizado.

Todo esto ha ocurrido de unos años a esta parte y se ha ido enraizando en la misma medida en que se ha agudizado la pobreza y aumentado la cantidad de los jóvenes ni ni, que ni estudian, ni trabajan ni para los cuales se han abierto puertas de escape y esperanza a oportunidades de una existencia digna y provechosa del lado de la ley y no al margen ni en contra de ella.

La Policía ha admitido los resultados de la encuesta Gallup. Es una buena señal. La primera condición para enfrentar un problema es reconocer su existencia. Ya en días recientes el Jefe de la institución, oficial de larga data y provechosa carrera, en presencia del Presidente Danilo Medina, confesó que la criminalidad ha rebasado la capacidad de respuesta del cuerpo de orden público. De hecho, este ha sentido y sigue sintiendo sus garras.  Ayer mismo, asesinaron otro joven agente para robarle el arma de reglamento. Con este son 87 los uniformados que han caído en cumplimiento del deber o han sido víctimas de atentados criminales.

Se reconoce que el Gobierno ha estado haciendo esfuerzos por bajar los niveles de criminalidad.  Pero los resultados no se han correspondido con los mismos.  El problema, a todas luces, cala mucho más hondo que simples medidas policiales.  Y los remedios tienen que ir al fondo mismo del problema atacando las causas al mismo tiempo que trata de reducir las consecuencias. Pobreza, marginalidad, exclusión social, desintegración familiar, déficit educativo,  ausencia de valores, falta de oportunidades para una vida digna y de progreso.  La tarea no es fácil, pero acometerla es impostergable.  Todo lo otro es tratar de frenar una hemorragia con una simple e inútil curita.MR

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